La industria automotriz está viendo un resurgimiento de la “ingeniería de insignias”, una práctica en la que vehículos casi idénticos se venden con diferentes marcas. Si bien no es nueva, la tendencia se está volviendo más prominente, lo que plantea interrogantes sobre la identidad de marca y la elección del consumidor. Históricamente, la ingeniería de las insignias era evidente, y modelos como el Chevrolet Trailblazer, el Buick Rainier y el GMC Envoy compartían casi todo menos el estilo exterior. Hoy en día, es más sutil pero aún está muy extendido, impulsado por la reducción de costos, el intercambio de plataformas y las asociaciones estratégicas.
El ejemplo Toyota-Subaru: un estudio de caso moderno
El ejemplo moderno más visible es la colaboración entre Toyota y Subaru. El Scion FR-S (ahora Toyota GR86) y el Subaru BRZ eran esencialmente gemelos, un hecho que se trasladó a la segunda generación. Más recientemente, esta asociación dio como resultado el bZ4X (Toyota) y Solterra (Subaru), seguidos de cambios de nombre aún más cercanos: el Toyota C-HR y bZ Woodland versus el Subaru Uncharted y Trailseeker. A pesar de pequeñas diferencias cosméticas, estos autos parecen una ocurrencia tardía, diluyendo la distinción de marca en aras de los costos de desarrollo compartidos.
Este no es un tema de nicho. Toyota y Subaru son sólo el ejemplo más transparente. El problema mayor es cómo los fabricantes de automóviles dependen cada vez más de las asociaciones para sobrevivir.
La apuesta europea de Ford: una advertencia
La estrategia de Ford en Europa ilustra los riesgos. La asociación con Volkswagen para producir versiones de los ID.4 e ID.5 con la marca Ford (que dieron como resultado el Explorer EV) resultó desastrosa. El Explorer EV fue un fracaso comercial, lo que obligó a recortes de producción en la planta de vehículos eléctricos de Ford en Colonia. Sin inmutarse, Ford ahora está redoblando su apuesta con una alianza con Renault, prometiendo dos nuevos vehículos eléctricos construidos sobre plataformas francesas. La historia sugiere que estos vehículos tendrán dificultades para diferenciarse en un mercado abarrotado.
Esta dependencia de las asociaciones no se limita a Europa. Nissan lanzó recientemente el Rogue Plug-in Hybrid 2026, que es, en esencia, un Mitsubishi Outlander PHEV rebautizado. La ventaja de Nissan radica en su red de concesionarios más grande, lo que potencialmente compensa la falta de originalidad. El Rogue PHEV ofrece 38 millas de autonomía eléctrica y siete asientos: características funcionales, pero no exactamente innovadoras.
Por qué esto es importante: la erosión de la identidad de marca
La creciente prevalencia de la ingeniería de insignias no es sólo una cuestión de estética; se trata de la propuesta de valor central de las marcas de automóviles. Los consumidores eligen marcas por su herencia, lenguaje de diseño y calidad percibida. Cuando los vehículos se vuelven indistinguibles más allá de la insignia, este valor se erosiona.
Los fabricantes de automóviles están priorizando la eficiencia sobre la identidad, apostando a que los consumidores se conformarán con soluciones más baratas y de comercialización más rápidas. Este enfoque puede tener éxito en el corto plazo, pero corre el riesgo de dañar la marca a largo plazo. Los consumidores pueden comenzar a ver ciertas marcas como meras cáscaras, carentes de la sustancia que alguna vez las definió.
La tendencia actual sugiere que los fabricantes de automóviles están dispuestos a sacrificar la identidad de marca para ahorrar costos. Queda por ver si los consumidores aceptarán esta compensación.
El futuro de la marca automotriz puede depender de si los fabricantes de automóviles pueden redescubrir un equilibrio entre eficiencia e individualidad. Por ahora, la ingeniería de insignias llegó para quedarse y las líneas entre marcas son cada vez más borrosas.
